jueves, 2 de julio de 2009

EN LA CARA

Cordillera de los Andes desde el avión

La asistenta de esta casa también es peruana, como las de España. Aquí es más lógico porque estamos en Lima. Lima, la Ciudad de los Reyes que fundó Pizarro en tiempo de los conquistadores. Lima, la ciudad más triste del mundo, sumergida en una neblina húmeda que oculta el sol y que en estos primeros días de invierno austral hace que los 19 grados que marcaba el termómetro cuando llegamos al aeropuerto del Callao nos hicieran ponernos manga larga.

El viaje comenzó con prisas en la T4 del aeropuerto de Barajas, con carreras por pasillos interminables, colándonos en las filas de los controles, soportando miradas rancias y preguntas del tipo: ¿De qué país sois? Somos de aquí, de España, decimos. Pues podíais dar ejemplo. La señora que nos interrogó de esa forma no entendía nuestras prisas ni que faltaran 10 minutos para el despegue de nuestro vuelo y nosotros estuviéramos aún a 22 minutos de llegar a la terminal, al menos eso indicaba el cartel. Lo cierto es que conseguimos hacer esos 22 minutos en sólo siete. Bueno, a lo mejor fueron ocho, pero llegamos al embarque. Los últimos, pero llegamos.

El viaje fue bastante cómodo con apenas un par de tramos de turbulencias que a mí se me antojaron eternos, pero apenas dos horas molestas de las doce que duró la travesía, hacen un balance del viaje muy agradable. Me impresionó sobre todo sobrevolar la amazonía. Kilómetros y kilómetros de árboles y de ríos que se retuercen como culebras entre sus meandros. Impresiona. Como lo hizo también atravesar la cordillera de los Andes. ¡Las montañas estaban tan cerca! Fue mi primer contacto con esa sierra que conoceré dentro de unas horas. Acostumbrado a ver cerritos redondeados de tonos ocres o montañas cubiertas de pinares, las altas cumbres andinas, de escarpadas aristas, de profundos barrancos, de tierras oscuras, dejaron en mí una primera sensación de grandeza. Claro, esto es lo que tiene ver las cosas desde un avión. Tiempo tendré en los próximos meses de descubrir esas montañas, pero ya desde el suelo, lo que me acercará a los detalles que no se ven desde lo alto, a sus colores, a sus olores, a sus sonidos… Serán las sensaciones que me den en la cara.

Las primeras impresiones con sabor peruano llegaron tras salir del aeropuerto ‘Jorge Chávez’. Eran casi las siete de la tarde y la noche iba cubriendo el Callao, esa provincia incrustada en la región de Lima, con ese puerto tan inmenso que ya vimos al descender el avión sobre la costa del Pacífico.

Nos esperaban con un cartelito. Como en las películas. Carmen, Rosa, Jessy y Paula. Son mujeres que trabajan en la Asociación Pro Derecho Humano (APDH) y que gestionan un centro de acogida para mujeres maltratadas en el distrito de Comas, en Lima. Al salir del aeropuerto tomamos un taxi y aquí llegó el primer encontronazo con la realidad limeña, con una ciudad con un tráfico caótico. El taxista era la persona con más prisa del mundo. Se movía como inquieto de un lado a otro de la furgoneta. Abría puertas, nos animaba a montarnos, metía maletas, subía y bajaba del vehículo y de repente, comenzó a sonar una alarma en el coche como si lo estuvieran robando. Como si lo estuviéramos robando nosotros, mejor dicho. Porque el taxista, fue sonar la alarma y meternos aún más prisa. ‘Monten, monten’. Subió él corriendo, arrancó el vehículo y salimos pitando del aparcamiento del aeropuerto. Y lo de pitando es tal cual. Pitando y con la sensación de estar robando la furgoneta.

Las mujeres iban en la parte de atrás y yo me senté en el asiento del acompañante. De esta forma tuve la oportunidad de conversar con el conductor y de conocer algunos pormenores del transporte colectivo limeño. Por ejemplo, uno muy común son ‘las combis de la muerte’, unas furgonetas tipo Nissan Vanette con ‘chofer’ y un ‘cobrador’ que se encarga de ir voceando por la ventanilla las calles y los barrios de destino por los que pasará la combi. Esta figura del cobrador es muy peculiar porque sobre él recae el malestar de los viajeros si el chofer se equivoca o si el auto coge un bache. Vamos, que los palos van para el cobrador.

Es curioso como los limeños cogen estos vehículos. Se ponen en las aceras, levantan la mano, la combi se acerca, reduce la velocidad, canta el cobrador su ruta y si le interesa, se sube en marcha. La puerta se abre, varios brazos le agarran y le introducen en la marea de gente que ya ocupa la combi, con muchos viajeros ya ‘parados’, que viene a ser ‘de pie’, sin asiento vamos. Capacidad de una combi: infinita.

De esta forma, entre los sonidos del claxon de nuestro taxista y el sonido de los otros dos millones de autos que circulaban a toda velocidad sin respetar en absoluto las luces de los semáforos, atravesamos la avenida de la Marina en el crepúsculo limeño camino de nuestro primer destino en el Perú. Me apetecía que la realidad se fuera asentando en mí, así que bajé la ventanilla y dejé que el viento, los olores, las luces y los sonidos de una gran urbe contaminada, sucia y en la que nunca llueve, se estrellaran en mi cara. De esta forma me empapé de las sensaciones de Lima. Y me gustó.


Lima. Plaza de San Miguel



3 comentarios:

cuenca dijo...

Pacorro, ya estás allí. Sólo quiero mandarte un abrazo y desearte lo mejor para estos próximos meses. Seguro que los aprovechas al máximo. Me imagino que te habrás llevado tus cds de Los Suaves, para darles la matraca a los pobres peruanos. Ya les podías haber llevado algo de Los Planetas, que supieran lo que es bueno.
En fin, que seguiremos pendientes de tus peripecias por los Andes.
Un abrazo. Lucio.

maría dijo...

Gracias Paco por tus lineas, me alegra que al final Lima aunque sea un caos pues te atraiga, ojalá vuelvas y disfrutes de lo bueno y lo malo de una mega ciudad.
Esperamos noticias de Hauncayo.
Saluditos conquenses
Belisa

Anónimo dijo...

Hola Paco,

He tardado un poco en poder leer tu blog porque entre candela non-stop y los típicos ires y venires del verano...

Me ha encantado cómo cuentas las vivencias que estás pasando en esta aventura peruana. Si escribes así de bien no tendré más remedio que seguirte en tus peripecias.

Te echamos de menos. Besos y abrazos. Marta