viernes, 8 de enero de 2010

ME FALTA UN VERANO

Playa de Huanchaco en el océano Pacífico

(Como complemento a la entrada 'Me voy a Perú con la maleta vacía' de junio de 2009)

Echando cuentas resulta que me falta un verano. Dicho así puede parecer que me defino a mí mismo como poco inteligente, que no razono como es debido (que todo puede ser), que me falta un hervor, que se dice también. Pero es cierto, me falta el verano de 2009. Esto es lo que ocurre cuando uno pasa los meses de julio, agosto y septiembre en el hemisferio sur.
Más allá de las consecuencias fisiológicas que esto pueda acarrear, que considero ya a estas alturas del año que no han sido demasiado graves, resulta que me he perdido los días de playa tumbado sobre la arena, mano sobre mano, escuchando las olas del mar; los atardeceres en pantalón corto y chanclas hasta las diez de la noche tomando cañas en cualquier terraza; los chapuzones en la playeta del Escabas o en la piscina de Albalate; las verbenas de los pueblos hasta el amanecer; el calor bochornoso de las cuatro de la tarde.
Si me he perdido todo eso, ¿qué he ganado? En primer lugar, muchas noches junto a una estufa, pero de eso no quiero acordarme. Quiero que estas líneas sean una reflexión sobre una experiencia vivida con pasión. Porque considero que si no fuera así no habría merecido la pena.
Lo cierto es que cuando me quise dar cuenta estaba viviendo en medio de los Andes compartiendo mi tiempo con un puñado de niños sucios y con la chompa rota, que sólo querían jugar cuando salían de la escuela, pero que tenían que sacar a pastar el cordero o el chanco, o coger en brazos a su hermanita pequeña o ir al río a lavar la ropa.
Recuerdo que cuando estaba haciendo la maleta no sabía qué meter, así que me la llevé vacía. Ahora, algunos meses después de regresar, he ido sacando poco a poco todo lo que me traje de Perú. El sitio que reservé para los paisajes lo ocupan las estampas de los cerros que me pateé arriba y abajo; el de los abrazos viene repleto, aunque me faltó uno fuerte que dar, por lo que tendré que volver; el hueco que dejé para las voces suena a las risas de los niños. Me he traído también los sabores de la salsa huancaína, del arroz chaufa y del maldito rocoto picante que no pude más que probar un poquito.
Tuve frío en las montañas y sentí el calor en mis manos cuando apreté otras manos. Me quedé con las ganas de ver el vuelo de los cóndores, por eso de compararlo con el del buitre leonado, pero escuché el agua de los manantiales en el nevado del Huaytapallana y sentí como caía helada por mi cabeza cuando mi amigo Víctor me purificó aquella mañana mágica.
Afortunadamente no me escupió ninguna llama maleducada y yo mismo comprobé que el sabor de las hojas de coca es amargo. Aún resuenan en mi mente, y espero que no dejen de hacerlo, las veladas musicales con el grupo Kallpa (hasta bailé ‘santiago’ una noche) y recuerdo las historias que me han contado día tras días los muchos amigos que conocí: Jose Valdivia, Marco, Jesús, Katia, la pequeña Micaela, Víctor, los niños de las escuelas de Pucará, Lucho, las amigas de APDH en Lima, Isa, Ronald...

La ciudad perdida de Machu Picchu

Quise mirar al cielo desde las cumbres de Machu Picchu para saber qué se siente y descubrí que lo más importante no es el lugar, por muy maravilloso que sea, sino lo que ves. Y yo he visto sonrisas en la pobreza. Y eso no lo olvidaré.

Janet, 8 años, con su gato en su casa de Pucará, Huancayo

Todo esto es lo que gané durante el verano de 2009. El verano que me perdí.

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