miércoles, 24 de noviembre de 2010

POSTALES DE CUENCA. CALLE PILARES

Calle Pilares, antes Severo Catalina

‘Calle Severo Catalina, antes Pilares’. Esta leyenda puede verse en la fachada de uno de esos edificios típicos del casco antiguo de Cuenca con la fachada pintada de amarillo ocre junto a otro de paredes rojizas. Estamos junto a la plaza Mayor, en la calle estrecha que discurre a la derecha, según subimos, paralela a la plaza y a un nivel inferior. Y comenzaremos nuestro recorrido precisamente en el nombre actual, el del escritor Severo Catalina (Cuenca, 1832-Madrid, 1871). Fue periodista en la prensa local antes de marchar a Madrid donde siguió ejerciendo la profesión. Fue doctor en Derecho y licenciado en Filosofía y Letras. Llegó a ser director general de Instrucción Publica y Ministro de Marina, en 1868. En los últimos años de su vida perteneció a la Real Academia de la Lengua Española. De ideas conservadoras y catolicistas, Catalina dejó una serie de libros y discursos y una colección de citas y frases memorables. Recuperamos algunas: “El amor es un niño grande; las mujeres, su juguete”, “La esperanza es un árbol en flor que se balancea dulcemente al soplo de las ilusiones”, “La mayor parte de la gente confunde educación con instrucción”, “El cambio no sólo se produce tratando de obligarse a cambiar, sino tomando conciencia de lo que no funciona”, “La ilusión no es ni más ni menos que una degradación de la esperanza”. Ahí las dejamos, para su reflexión que bien puede hacerse al pasear por la calle que lleva su nombre. Pero deberá hacerlo muy concentrado porque los detalles que encontrará a su paso pueden distraerle.

El nombre tradicional y por el que aún se conoce a esta calle se debe a los pilares de piedra en los que se apoyaban las casas del lugar y que cubrían la calle hasta la plaza Mayor. Pero debemos hacernos a la idea de que la plaza estaba entonces al nivel que tiene ahora la calle Pilares. Aún se conservan esos soportes de piedra en los edificios que se asoman al barrio de San Miguel, sobre la hoz del Júcar y usted mismo podrá verlos en algunos de los bares de copas del túnel de bajada.

Explicado ya el motivo de los nombres de la calle, le proponemos ahora detenerse en los detalles. Discurre esta vía bajo la plaza Mayor desde la que se descuelga la vegetación en el primer tramo sin viviendas. Enfrente, entre lo que son hoy bares o restaurantes, aparecen las puertas, adinteladas o en forma de arco, con rejería más o menos elaborada en la ventanas, con fachadas de colores de hasta cinco alturas.

Entre los edificios, la calle presenta dos aberturas por las que discurren más que calles, callejones o túneles que se precipitan oscuros, entre escaleras y humedades, por debajo de las casas, buscando la luz del barrio de San Miguel. El primer pasadizo se abre en el centro de la calle y va a asomándose en zigzag al río terminando en un arco ojival. El segundo lo encontramos un poco más adelante y desemboca enfrente de la antigua iglesia de San Miguel. Estas callejuelas son verdaderas lecciones de la topografía conquense que tanto aprovecha los espacios.

Sin mucho esfuerzo nos podemos imaginar el trajín de los artesanos en tiempos del medievo con sus productos y su actividad en la calle, con su humildad y trabajo frente a la gran catedral, centro de la religiosidad y de la sociedad conquense.

En la calle Pilares encontramos aún algunos de los establecimientos más frecuentados por el grupo de pintores y artistas que vivieron o frecuentaron la ciudad desde los años 60, atraídos por la actividad cultural que rebullía en torno a Zóbel o Saura. Un ejemplo es el bar ‘Las Tortugas’. “El bar surgió en los años 70 ante la necesidad de dar acogida a una serie de intelectuales, artistas, pintores o poetas que vivían en esta zona mientras muchos vecinos se habían trasladado a la parte baja”, comenta Sinesio Barquín, el propietario. “Así surgió este bar y también ‘Los Elefantes’. Aquí se recogían las ideas de estos intelectuales, se organizaban tertulias, se presentaban libros,...” ‘Las Tortugas’ es, además de un bar de copas, un museo. En sus paredes se conservan muchos cuadros de aquellos pintores que pasaban sus ratos aquí en torno a una copa. “Todo lo que hay colgado lo he ido consiguiendo a lo largo de los años. Primero fueron los Sauras, incluido el primer número de la colección Antojos. Hay también cuadros de Bonifacio o del Equipo Crónica”.

Otro ejemplo es ‘Los Elefantes’. Los actuales propietarios del establecimiento desconocen el origen del nombre pero conservan en las estanterías y paredes una muy buena colección de paquidermos de diversos tamaños y formas y procedentes, sin duda, de todo el mundo. Entre ellos uno de gran tamaño obra de Tomás Bux y otros más domésticos, aquellos que aparecían en rojo sobre fondo amarillo en unos rollos de papel higiénico.

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