
La nevera estaba en el centro del pueblo, en una plaza que no tenía adoquines sino que era un verde prado de hierba fresca. Y en el centro de ese verdor, la nevera blanca como la nieve. Siempre cerrada.
Los vecinos acudían a ella para dejar o coger mentiras, pero siempre cerraban la puerta después. Si alguien tenía que decir una mentira emprendía entonces el camino hacia el prado en busca de la nevera para abrirla y coger la invención que necesitaba. Cuando llegaba a la nevera, al abrir la puerta salía un aire frío que daba en el rostro. Dentro estaban las mentiras que eran también frías, muy pesadas y cortaban como un cuchillo afilado. Cuando un vecino cogía una y la llevaba encima, no podía ocultarlo. Se le notaba al andar y en los gestos del rostro. Y la gente decía, ese lleva una mentira encima. Y el portador de la falsedad se avergonzaba, agachaba la cabeza, se arrepentía y volvía a dejar la mentira en la nevera.
De esta forma, en este pueblo de las montañas, la gente no utilizaba las mentiras y la sinceridad corría por las calles al encuentro de cada habitante.
Pero un día alguien se dejó abierta la puerta de la nevera.
Era un día caluroso pero a pesar de ello, el aire frío del interior de la nevera salió a las calles y se iba encontrando con los vecinos dejando un semblante de desconfianza en sus rostros. Cuando alguien se encontraba con otra persona notaba esa suspicacia en la cara y le volvía temeroso. Así, los vecinos comenzaron a acudir a la nevera en busca de una mentira que les defendiera. Pero el calor había entrado en las estanterías y había descongelado las mentiras. Ya no eran frías ni pesadas ni cortaban como cuchillos. Ahora eran ligeras y suaves y se podían llevar en el bolsillo o en el puño cerrado de una mano sin que los demás se dieran cuenta.
Por primera vez se escucharon en ese pueblo de las montañas frases como: ‘yo no fui’, ‘llámame en cinco minutos que estoy en una reunión’, ‘me voy porque tengo prisa’, ‘mañana te pago’, ‘te juro que no se lo voy a contar a nadie’, ‘me lo dejé en casa’, ‘ese vestido te queda muy bien’, ‘sólo tengo ojos para ti’ o ‘la última y nos vamos’.
Pronto la nevera se quedó vacía. Todos los vecinos tenían mentiras para los demás, menos uno, que cuando llegó a la nevera ya no quedaba ninguna para él. Así que no le quedó más remedio que seguir diciendo la verdad.
En el día a día con el resto de personas del pueblo se iba enfrentando a las mentiras de todos. Un mañana, a la hora de pagar el desayuno en el bar, su acompañante dijo que no llevaba dinero y que si le podía invitar. Él, que sólo podía decir la verdad, le contestó, estás mintiendo. El otro insistió y el vecino que no podía mentir le planteo: si te demuestro que mientes, ¿me darás la mentira y no la utilizarás más? El otro aceptó porque se creía seguro en su falsedad. Dicho esto, el hombre que no podía mentir se agachó, cogió del suelo un billete y le dijo al mentiroso: se te cayó del bolsillo cuando sacaste tu mentira.
Y así fue recogiendo todas las mentiras de sus vecinos y las fue guardando de nuevo en la nevera donde se conservaron frías, pesadas y afiladas como cuchillos con la puerta bien cerrada.
3 comentarios:
Paco!!! Qué cuento tan bonitooooooo!!!!
¿Te estaré mintiendo? jeje!
Precioso. Tenrría que haber una nevera de esas en todos los pueblos, y más en estos tiempos que vivimos.
Y, finalmente, decidiste huir.
A mi historia contigo sólo le falta ya el lacito para poder entregarla, totalmente terminada, al olvido.
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