jueves, 26 de diciembre de 2013

CUENTOS

En un país muy triste, un día, sus habitantes tuvieron sueño a media tarde. Es la primavera, dijeron. Pero en realidad era la necesidad de soñar”.

Érase una vez un pueblo pequeñito en el que sus pocos habitantes eran huraños y hoscos. Se trataban con aspereza y apenas hablaban entre ellos. Pero llegó un tiempo en el que las conversaciones fueron más fluidas, los apretones de mano más sinceros, las sonrisas más risueñas, el trato más amable.
Todo coincidió con un hecho del que nadie se dio cuenta. En la única tiendecita del pueblo, en la que todos compraban, un buen día, cambiaron el papel higiénico que vendían, por uno más suave”.

"Como todos los días, al caer la tarde, abrió el buzón. Como todos los días no había ninguna carta. Él lo sabía. Siempre estaba seguro de qué no habría carta, pero no dejaba de abrir ese viejo buzón colgado de la pared al lado de la puerta de su casa. 
Pero un día, al caer la tarde, abrió el buzón y encontró una carta. Su nombre y su dirección se leían perfectamente. No había error. Pasó el dedo por el sello con una caricia mientras intentaba comprender aquel misterio. Con mucha más sorpresa que curiosidad abrió el sobre, pues sabía muy bien que él era el único cartero del pueblo".

Las lágrimas, al resbalar por la cara, le hicieron cosquillas.
Y se rió”.

Habían nacido con apenas un año de diferencia. Los dos hermanos crecieron juntos. La ropita del uno fue pasando al otro y cada uno tenía en el otro a su mejor compañero de juegos. A los dos les regalaban las mismas cosas. Con cada cumpleaños llegaba un regalo para el mayor y el mismo para el menor. Los Reyes Magos traían siempre el mismo regalo para cada uno de ellos. El padrino no se olvidaba de los niños y les regalaba siempre el mismo juguete a cada uno de ellos. ‘Para que no riñan’, decían unos y otros.
Pero un día alguien les regaló un único juguete para los dos. Aquello cambió su infancia más temprana y desde ese día jugaron más juntos que nunca y fueron aún más hermanos.
Cuando abrieron la caja del regalo común dentro descubrieron que había solo un balón de fútbol”.

Tenía todos los motivos para hacer huelga. Todos menos uno. Así que ese día se levantó a la hora de siempre y salió de casa a la hora de siempre. Anduvo por la misma calle camino de su trabajo y volvió a cruzarse con ella. Como todas las mañanas se miraron. Sus ojos con los de ella, los de ella con los suyos.
Pero aquella mañana tampoco se atrevió a decirle nada”.

"Cada día las cosas que veía se hacían más pequeñas. Cada día un poco más. Hasta que descubrió que él era un árbol y crecía".

"Su deseo era poder ver mejor. Se quitó las gafas para limpiar los cristales, pero cuando se las puso de nuevo la estrella fugaz ya había pasado".